Escuela y ciudad. Madrid 1898-1936

Escuela y ciudad. Madrid 1898-1936

la Escuela de Arquitectura funcionó como un elemento de transición entre los cambios de la realidad y la permanencia de los valores tradicionales

 

Por Miguel Ángel Baldellou. Catedrático de la ETSAM

El período histórico que va desde 1898 hasta 1936, se caracteriza, en lo que respecta a la Escuela de Arquitectura de Madrid, por la profunda crisis que afectó al entendimiento de la Arquitectura y su profesión y con ello a su enseñanza y su práctica.Que la Escuela no reflejase en sus planes de estudio y en su organización interna con la suficiente inmediatez los cambios que la sociedad experimentó durante esos años, fue consecuencia entre otras cosas de la inercia administrativa que impidió que la capacidad intelectual de sus profesores encauzase de forma positiva las nuevas actitudes que se plasmaban en la calle. Los alumnos que formaron en las aulas de la Escuela, situada en la calle de los Estudios, tuvieron que buscar en la ciudad, y más tarde en los viajes de estudio, la evidencia del cambio que la enseñanza ocultaba. 

Por ello, la propia ciudad se convirtió en escuela alternativa, los principales protagonistas de su arquitectura en maestros, y las obras más significativas en modelos. Con ello, el debate suscitado desde la práctica profesional se trasladó a las aulas de forma intuitiva, polémica, y también marginal al aprendizaje sistemático. Confluyeron en este período, de casi cuarenta años y limitado por las grandes crisis del final del Imperio y el principio de la Guerra Civil, numerosos conflictos cuya interacción le configuran como extraordinariamente complejo. Resultó por ello prácticamente imposible que sus protagonistas controlasen globalmente una situación que resultó legible sólo mediante reducciones conceptuales, a través de análisis parciales.

 
La pérdida de la identidad nacional sacudió la conciencia colectiva desde el Desastre del 98 y provocó la aparición de localismos cuya exaltación arquitectónica actuó de refugio protector frente a los riesgos provocados por la modernidad cada vez más acuciante. Como corriente recurrente apareció a lo largo del período bajo aspectos distintos, enfrentados al cambio, ligados a "tradiciones" a veces inventadas. La búsqueda de un "progreso" impreciso se encauzó a través de imágenes importadas, eludiendo los conflictos en que se justificaban.
 
Entre estas dos tensiones principales, la inercia del pasado y la urgencia de un futuro, se forjó un presente compuesto de adiciones inconexas, tan invertebradas como un país incapaz de resolver sus contradicciones internas, ni siquiera planteadas con claridad.
 
En este panorama, el "modo" de interpretar y resolver los conflictos asumió un papel protagonista obviando los planteamientos generales y justificando por sí mismo las "respuestas" parciales. Cada "modo" abrió una posible vía produciendo una constelación difusa de caminos, entre los que con gran dificultad podían establecerse jerarquías, resultando imposible la aceptación de una línea o corriente dominante. Aunque la situación descrita afectó, caracterizándole, al conjunto del período, algunas circunstancias o acontecimientos producidosdurante su transcurso sirven para establecer en él una periodización significativa.
 
La fecha de 1914, resulta una referencia ineludible en un amplio sentido de forma obvia. Podemos relacionarla también con la implantación de un nuevo plan de estudios que vino a corregir parcialmente algunos desajustes producidos en el vigente hasta entonces cuyo origen estaba en 1896. Entre aquella fecha y la de 1917-18, coincidiendo con el final de la Guerra Europea, se produce un impasse ideologizado, como se demostró con los temas debatidos en el Congreso de 1917 celebrado en Sevilla, en el que recibió impulso definitivo el regionalismo que estalló en el '29 con la Exposición Iberoamericana. En 1918 se publicó también el primer número de Arquitectura inaugurándose con ello un foro de debate fundamental.
 
El año 1923 no sólo fue el de la instauración de la Dictadura de Primo de Rivera, sino que para la Escuela de Madrid supuso el final de una era, con la muerte de su director Lampérez y su antecesor Velázquez Bosco. Coincidió también con esa fecha la publicación de dos obras fundamentales: Vers une architecture de Le Corbusier, que puede considerarse la pieza programática fundamental de la Arquitectura Moderna y La enseñanza de la Arquitectura de Anasagasti, que en ella analizaba esta cuestión primordial y proponía un cambio de orientación demandado desde distintas instancias.
 
La fecha de 1930 coincide con la fundación de GATEPAC, inmediatamente a la celebración del Concurso de Extensión de Madrid y anterior al advenimiento de la República. Entre esta fecha y el inicio de la Guerra, el debate se traslada al plano teórico con una confusión que afectó también a la práctica profesional. En este terreno, la aparición de los Colegios profesionales en 1930 señaló el final de una era, presidido por la Sociedad Central desde 1849 y el principio de la nuestra.
 
La enseñanza y los planes de estudio
En este marco histórico, la Escuela de Arquitectura funcionó como un elemento de transición entre los cambios de la realidad y la permanencia de los valores tradicionales.
 
La contestación a la Escuela se venía realizando de hecho sin grandes estridencias y algunos de los nuevos profesores, aunque de mentalidad ecléctica, empezaron a dar cabida a las posturas renovadoras. Entre ellos, y por razones distintas, López Otero o Torres Balbás pueden representar el talante de la etapa final anterior a la guerra. Las nuevas enseñanzas, Urbanologia, impartida por César Cort, o las nuevas técnicas, en especial la
del hormigón armado, sentaron las bases metodológicas de la transformación que se fue consolidando con las grandes obras de la Ciudad Universitaria con el aporte teórico al que, entre otros, la Institución Libre de Enseñanza fue contribuyendo con una enseñanza casi paralela.
 
Los planes que regularon la enseñanza de la arquitectura en esta parte de siglo fueron el de 1896, vigente hasta 1914, y el aprobado en esta fecha , que duró hasta 1933 cuando un nuevo plan traspasó la Guerra llegando hasta 1957.
 
La relación de cursos y asignaturas que configuraron los planes nos sitúan ante unos arquitectos con formación muy dispersa. El plan de 1896, tras un ingreso en el que se superaban pruebas de dibujo lineal y figura y un curso preparatorio, dedicado al dibujo (flora, modelado, copia de yeso, detalles arquitectónicos, sombra y perspectiva), consistía en cuatro cursos en los que se estudiaban cuatro grupos de asignaturas de contenidos
tan variados como esterotomía, hidráulica, teoría del arte, topografía, composición de edificios, etcétera.
 
El plan de 1914, en el que se formaron básicamente los arquitectos que terminaron siendo racionalistas, tenía un período de preparación, con un ingreso seguido de dos cursos y cuatro más de carrera propiamente dicha. Las pruebas de admisión se realizaban sobre materias de análisis matemático, geometría métrica y analítica, mineralogía y botánica, física y química, dibujo lineal con lavado y dibujo de figura.
 
En el primer curso preparatorio se daban las asignaturas de: cálculo infinitesimal, geometría descriptiva, copia de yeso y detalles. En el segundo curso: mecánica racional, perspectiva y sombras, flora y fauna y modelado en barro.
 
En los cursos de carrera se enseñaba, en primero, esterotomía, resistencia y conocimiento de materiales, historia de la arquitectura y dibujo de conjunto. En segundo, aplicaciones de los materiales de construcción, teoría del arte, hidráulica y proyectos de detalles. En tercer curso, aplicaciones, estudio de los edificios desde el punto de vista de su función social, tecnología, electrotecnia y proyectos de conjunto. En cuarto, finalmente, máquinas, arquitectura legal, topografía, proyectos y urbanización y trazado de poblaciones.
 
El plan de 1933 constaba, tras la admisión, que se volvió más compleja, de un curso complementario y cinco más. Sin embargo, tuvo ya muy escasa incidencia en los arquitectos que desarrollaron el cambio racionalista. A pesar de ello, fue decisivo en las primeras generaciones de posguerra.
 
Con este bagaje, las sucesivas y poco numerosas promociones de arquitectos salían de las aulas con preparación suficiente como para poder atender sin mayores problemas las demandas de la clientela, a cuya clase generalmente pertenecían, pero difícilmente podían plantear alternativas, desde la teoría, que hiciesen
coherente su práctica. Cuando la presión del cambio operado en Europa hizo inevitable el de la arquitectura española, la enseñanza quedó en evidencia como desfasada respecto a las nuevas necesidades. Ycon ella, casi todos Jos profesores que la impartieron fueron rechazados como continuadores de un pasado que se quería olvidar a toda costa.
 
Durante el período considerado, la Escuela fue dirigida por Federico Aparici (1896-1910), Ricardo Velázquez Bosco (1910-1918), Manuel Aníbal Alvarez (1918-1920), Vicente Lampérez (1920-1923), Juan Moya (192 3)Y Modesto López Otero (1923-1941).
 
En correspondencia a este esquema, las promociones surgidas de las aulas en la Escuela de Madrid pueden agruparse en generaciones diferenciadas por sus respectivas mentalidades. A la generación de 1900, pertenecen las figuras claves de Antonio Palacios (titulado en 1900), Antonio Flórez (t. 1904) Y Teodoro de Anasagasti (t. 1906).
 
Con anterioridad a 1914, se titularon González Villar (t. 1910), Secundino Zuazo (t. 1912) YFernández Balbuena (t. 1913), y en 1920, Víctor Eusa.
 
Las promociones tituladas entre 1918 y 1929 forman la llamada generación de 1925, protagonista de la aventura del racionalismo madrileño. Pertenecen a ella Bergamín, Sánchez Arcas, García Mercadal, De los Santos, Gutiérrez Soto, Arniches, Domínguez y Martínez Feduchi entre otros.
 
Los titulados a partir de 1930, vieron truncada su carrera con el inicio de la Guerra Civil, y aunque lograron realizar alguna obra significativa, no ocuparon posiciones profesionalmente protagonistas.
 
De ellos, Zuazo se convertirá en la figura clave del período descrito, junto a Palacios y Gutiérrez Soto.
 
La ciudad como taller alternativo
Durante los primeros años del siglo xx, Madrid aún podía considerarse una ciudad sin demasiados conflictos, cómoda por lo tanto, suficientemente dotada en términos institucionales y de servicios, con una población, medio millón de habitantes en 1900, no hacinada en un casco extenso y un Ensanche por completar, con suelo vacante suficiente como para contemplar su crecimiento sin grandes urgencias. Estas se derivaban más de su papel de capital, de modelo que se pretendía mostrar al país, como lugar para vivir en armonía. Sin embargo la crisis de identidad nacional larvada desde el siglo anterior, terminaría por tensar las relaciones políticas, sociales y económicas, convirtiendo los primeros 30 años del siglo xx en un período de tentativas y de experiencias interrumpidas, momentáneamente, con la Guerra Civil. 
 
Durante este tiempo, la ciudad centró su esfuerzo constructivo en grandes operaciones de prestigio (la Gran Vía y la Ciudad Universitaria sobre todas), al tiempo que contemplaba el Ensanche en las zonas más rentables, remataba suturas en el Casco, que en algunas partes quedaba abandonado, y permitía la convivencia de crecimientos de borde organizados (Ciudad Lineal, colonias de "hotelitos") con operaciones marginales de carácter "espontáneo".
 
A finales del período, pareció necesaria una intervención de  mayor rango para ordenar un crecimiento que se pensaba inminente, articular de modo más orgánico las "partes" de la ciudad que se habían ido segregando, sanear el tejido urbano obsoleto, y sobre todo "racionalizar" los procesos de intervención en la ciudad. El concurso de Extensión de Madrid convocado en 1929, supuso la culminación de un debate que se había ido nutriendo en una sucesión de hechos aislados, muchos de ellos polémicos y derivados de una larga cadena de concursos que jalonaron los ambientes más significativos de la ciudad. Si pensan10s en el impacto que tuvieron en la ciudad los edificios de Correos, del Círculo de Bellas Artes y del Carrión, todos ellos en el eje Este-Oeste encauzado por la Gran Vía y producto de concursos (1900, 1919, 1930), tendremos, junto con la fascinación ejercida por nuestros primeros edificios de oficinas, el "rascacielos" de la Telefónica y los "cines" (de la Gran Vía especialmente), el muestrario en que se reflejaban las aspiraciones sociales, mucho más claro que las propiciadas desde la Escuela, en la que las tímidas propuestas de carácter metodológico y tecnológico chocaban con una extraordinaria inercia de signo academicista que pretendía subrayar las convicciones antes que la polémica y la reflexión personal. Las necesidades de estudiar idiomas (Velázquez ya predicaba la importancia del alemán según aseguraba Anasagasti) y de conocer el exterior, surgían de las carencias evidentes del sistema de enseñanza. La Biblioteca de la Escuela, con el mítico legado de Cebrián, comenzó a sustituir unas experiencias que no se proporcionaban en las aulas, y la ciudad que se hacía terminó por ser el gran taller en el que se formaron los espíritus más inquietos. Así, el Palacio de Con1unicaciones durante 19 años, o el Palacio de la Música, los estudios de Palacios y de Zuazo, fueron visitas obligadas para arquitectos y estudiantes, como después las obras del Metro, de la Telefónica o de la Ciudad niversitaria, del Carrión y su Vierendel, las soluciones de Torroja con Arniches y Domínguez en el Hipódromo, con Zuazo en el Frontón Recoletos, con Sánchez Arcas en el Clínico, o las de Anasagasti en el Monumental.
 
Madrid se convirtió en escuela práctica, alternativa a la de la calle de los Estudios, y seguramente más viva. Aunque en algunos de los más ilustres profesores de la Escuela dejaron muestra de sabiduría, sus ejemplos pertenecían en general a un pasado que en gran parte se quería olvidar. Las obras de Velázquez eran vistas como"del siglo pasado", las de Palacios casi como una pervivencia, por su monumentalidad, aunque se ligasen
a tipologías "modernas" como el Metro o los edificios de oficinas, y ni siquiera Anasagasti o Flórez, pudieron abanderar con eficacia un cambio más próximo a Zuazo y su famosa capacidad de gestión-incorporación (con Mercadal de vanguardia) de arquitectos foráneos como Jansen o Fleisher. Tampoco Fernández Balbuena fue capaz de orientar un camino para el que se requería una nueva mentalidad y unos hábitos culturales más radicales. Pero mientras Madrid se convertía en el escenario en el que se construía la nueva arquitectura, albergaba sin1ultáneamente y de forma mayoritaria, la experiencia de la renovación o puesta al día de los viejos lenguajes. 
 
Las sedes bancarias ofrecían ocasión para que la arquitectura mostrase sus ropajes más ostentosos (el Banco Hispanoamericano de la mano de Grases, El Bilbao de Bastida, el del Río de la Plata de Palacios) en competencia con los casinos (el de Madrid, de Esteve, en Alcalá; el militar, de Eznarriaga; el del Círculo de la Unión Mercantil de Sainz de los Terreros en la Gran Vía). La burguesía fue completando, entretanto, de forma retórica los solares de Ensanche. Un eclecticismo cosmopolita, fabricado de añadidos, no lograba ocultar una lógica constructiva que paulatinamente fue dando paso a la desordenación que, anunciada en la arquitectura escolar de Antonio Flórez (desde sus intervenciones en la Colina de los Chopos hasta sus grupos escolares), desembocó en la gran operación de la Ciudad Universitaria. 
 
Así pues, Madrid sirvió de escenario al gran proceso de experimentación que se produjo en esos años, en el que pueden distinguirse varias vías. La del eclecticismo monumental o clasicista, la del eclecticismo cosmopolita, las variantes regionalistas del casticismo, el anecdótico modernismo ligado o superpuesto a cualquiera de ellas y una actitud racionalista común a todas, basada en la composición clasicista y académica que afloró al eliminar el adorno superfluo facilitando la asimilación del lenguaje del movimiento moderno sobre sus estructuras con enorme éxito y rapidez.
 
Debate interno, concursos y publicaciones
La noticia puntual, aunque generalmente ligada a los intereses establecidos, de la actividad arquitectónica de esos años en Madrid puede seguirse en las dos publicaciones más atentas a la realidad. La Construcción Moderna y Arquitectura y Construcción, dominaron el panorama hasta 1918, año en el que el Boletín de la Sociedad Central de Arquitectos se convirtió en la revista Arquitectura. Esto, supuso la aparición en el panorama crítico de un medio que reflejaría desde entonces de una forma bastante ágil las tensiones que afectaban al cuerpo profesional. Aunque en sus diferentes etapas estuviese sujeta al predominio de alguno de sus redactores, casi siempre ejercido desde la moderación que imponía su dependencia corporativa, no dejó de acusar los cambios y tendencias respecto a los problemas fundamentales que preocupaban a los arquitectos madrileños y de ofertar una información de las novedades extranjeras que más directamente podían influir en el panorama arquitectónico de la capital. En sus páginas se debatieron problemas de carácter históricotanto como de actualidad. Desde ellas se opinó respecto a cuestiones tanto urbanísticas como estéticas, tanto técnicas como constructivas. Se prestó atención al Patrimonio y su conservación, a la enseñanza y a los concursos. Sus contenidos teóricos sirvieron a la formación del criterio de los alumnos de la Escuela y los argumentos empleados en defensa de las tendencias que manifestaban los Concursos, convirtieron los Fallos de los Jurados en verdaderas piezas de juicio crítico, trasladables a la práctica cotidiana. La información gráfica resultó de una importancia decisiva en la propagación de las ideas. De algún modo, se convirtió en el cauce de expresión más adecuado para que la controversia entre generaciones se manifestase.
 
Paralelamente no se produjo un aporte literario en el que se mantuviese de forma sistemática un pensamiento articulado en torno a movimientos o poéticas, ni estudios críticos o históricos que intentasen dar cuenta de la situación de sus conflictos y sus posibles salidas. Quizá la falta de práctica, que afectó a la Escuela durante el período, en enunciar con coherencia los contenidos teóricos de la disciplina está en el origen de la desviación hacia el pensamiento fragmentario, al que las revistas sirven del modo más exacto, que pudo sustituir el fondo de los debates por la discusión sobre las apariencias. La cultura de la tertulia de café, que caracterizó al debate político, puede también encontrarse en la crítica arquitectónica al uso en el panorama madrileño. Importó siempre más la agudeza del ingenio que la reflexión sobre las dudas y en este sentido, la forma expositiva asumió una importancia extraordinaria. La sensatez y preparación de alguno de los redactores de Arquitectura (Torres Balbás, sobre todos) no se vio reflejada en discursos en los que la extensión permitiese desarrollos completos de carácter teórico, y su carencia se acusó en la práctica discursiva, ideologizada y partidista. Pero tampoco surgió el ensayo agudo en el que se plasmasen las ideas particulares en las que sustentar una poética, justificar un movimiento o tendencia. El posible debate quedó así limitado entre el artículo crítico, el comentario de actualidad y el esbozo repetido de forma recurrente de algún principio general asimilado cuya actualización servía para tratar los problemas concretos según esquemas eternos. Leyendo a Anasagasti se trasluce el verdadero problema, de carácter cultural y social, de estructuras mentales. El significativo título que dio a su revista Fernández Shaw, Cortijos y Rascacielos, resume el conflicto en el que se movió la arquitectura madrileña de ese período. 
 
En él, la figura de López Otero, director de la Escuela y de todo el programa de la construcción de la Ciudad Universitaria, ocupa un papel decisivo no sólo por la importancia de los puestos que desempeñó sino por cómo lo hizo. Su habilidad para conciliar opuestos, que resultó ejemplar en esos casos, se mostró también en la escena urbana, especialmente en su edificiopara la Unión y el Fénix en la esquina de las calles Alcalá y Peligros en el que se valoró sobre todo la actitud respetuosa respecto a la cúpula de la iglesia adyacente. 
 
El "eclecticismo ponderado" que representó López Otero, a mitad de camino entre Palacios y Zuazo, fue tan sólo un eslabón, aunque significativo, en la cadena que fue permitiendo el paso sin demasiados sobresaltos desde "la arquitectura de fin de siglo" y el racionalismo ecléctico de los años treinta. El mismo trascurso del cambio permite adivinar que el papel desempeñado por la Escuela fue eminentemente tolerante. Aunque la personalidad de algunos de sus profesores estuviese claramente posicionada en el debate entre la tradición y el cambio, como Palacios y Anasagasti o Mercadal al final del período, no parece que se pueda deducir un imperativo dominante en la imposición de una cierta "tendencia" de carácter beligerante. En esa cualidad ecléctica que la Escuela transmitió a sus alumnos, pueden hallarse muchas de las claves de la suave transición por los estilos y las modas que caracterizó a la arquitectura madrileña. Como también la construcción de la ciudad aportó los modelos de comportamiento y la arquitectura conveniente para que los estudiantes pudiesen incorporar a sus inquietudes el repertorio formal actualizado que, convenientemente moderado, posibilitó el espejismo de la participación en un debate en realidad inexistente. 
 
Seguir con detenimiento la evolución de ese "debate virtual" en las páginas de Arquitectura y también, aunque en menor grado en Arquitectura y Construcción y La Construcción Moderna, evidencia su escasa extensión e intensidad, o que los temas, traídos casi siempre con un retraso equivalente, por cierto, al del país, se propusieran desde las soluciones más o menos "terminadas", tomadas como pret-a-porter, más que desde sus posibles planteamientos.
 
La relación ciudad-arquitectura, un debate inconcluso
La ciudad como problema, y las soluciones concretas aplicadas a Madrid considerada ya como capital moderna, fueron el objeto de un debate continuo, si bien intermitente, que sirvió de n1arco a una arquitectura que inexcusablemente asumió su papel de elen1ento urbano. No sólo en cuanto que ese carácter era el resultado de la consideración de las preexistencias urbanas a las que respondía, sino porque los arquitectos fueron cada vez más conscientes del papel desempeñado por la arquitectura como formadora y generadora de ciudad. La vocación urbana de la arquitectura madrileña se gestó en las grandes operaciones que se produjeron en la ciudad a lo largo del período. Durante la alcaldía de Romanones y con Aguilera como Gobernador Civil se propuso por vez primera tras el Plan de Castro de 1860 una actuación de carácter global consistente en la intervención sobre cinco grandes vías, recogiendo las propuestas de remodelación del casco que se habían venido produciendo desde n1ediados de siglo: la Reforma de la Puerta del Sol (1859), la Gran Vía Diagonal(1886) y la Gran Vía Transversal (1888).
 
Un cambio fundamental se produjo con la propuesta de Grases Riera para una Gran Vía Norte Sur (1901) que desde entonces, condicionó todos los planes de expansión urbana. Los proyectos de remodelación interior, pueden representarse en el del Madrid de los Austrias propuesta por Mathet en 1903. Ese mismo año se presenta un anteproyecto de Plan General firmado por Urioste y López Salaberry yen 1904 se aprueba el trazado de la Gran Vía, culminándose un proceso iniciado tres lustros antes.
 
La fiebre de intervenciones en el centro es posible gracias a la Ley de 1895 que dota a la burguesía conservadora del instrumento capaz de desarrollar su objetivo de mejora del marco urbano en un casco degradado. Sin embargo, enseguida se aprecia la insuficiencia y la lentitud del proceso y se requiere un cambio de orientación que permita la expansión de la ciudad según las pautas ideológicas del Ensanche más allá de sus previsiones iniciales. Vega y March, en 19°7, propone un crecimiento con nuevos anillos envolventes y al año siguiente se expone el plan de Aranda y Núñez Granés de prolongación de la Castellana, siguiendo lo ya apuntado por Grases. Poco después se inician las obras de la Gran Vía y se abre con ello la posibilidad tanto tiempo esperada, de intervención a gran escala en el centro de la ciudad. La arquitectura que se materializa en esa calle, pretenciosa pero de gran calidad ambiental, ejemplifica y resume como ninguna la evolución de los arquitectos madrileños y la sociedad a la que sirven. Durante veinte años los solares de esa cantera y los del aún incompleto del Ensanche son suficientes, además de lo que en el extrarradio se va acumulando paulatinamente, de un modo un tanto marginal, para la actividad constructiva madrileña.
 
Es hacia finales de la década de los veinte cuando se abren otras áreas de gran interés pero de intervención más uniforme. La Ciudad Universitaria, bajo la dirección de López Otero, supone la primera aparición, a escala importante, de la arquitectura más o menos racionalista, interpretada por una generación de arquitectos ajenos a la docencia. Las actuaciones en equipamientos universitarios desarrollados con anterioridad por la
Institución en los Altos del Hipódron10, o las escolares en la etapa de Flórez, las de Mercados, tanto centrales como de Barrios, y las asistenciales, posibilitaron la articulación de la ciudad en base a una infraestructura de dotaciones. Se introdujo además una imagen arquitectónica unitaria y moderna, ligada a la eficacia de la administración local.
 
El Ayuntamiento, amparado en el Estatuto municipal del 24, tomó definitivamente el control del planean1iento, en gran parparte gracias a la formación de un equipo de técnicos entre los que destacaron Fernández Balbuena, Fernández Quintanilla, Ferrero y García Mercadal junto a los Velasco, López Salaberry, Dubé o Bellido, representantes de los tiempos anteriores. La nueva generación de arquitectos de la Oficina Técnica, se encargó de materializar las bases sobre las que se intentó resolver definitivamente el control y el crecimiento de la ciudad. El plan de Extensión de Madrid, sometido a concurso internacional supuso la posibilidad de reflexión a partir de un análisis profundo, resumido en el libro Información sobre la ciudad publicado en 1929, precedido por el debate mantenido en 1926 en el XI Congreso Nacional de Arquitectos (1 de Urbanismo). Las 12 propuestas presentadas al Concurso, celebrado en 1930, el año fundacional del GATEPAC, resumen el nivel de conocimientos
e ideas que sobre la ciudad y su arquitectura se había alcanzado, aunque las bases del Concurso planteaban una idea determinada de Madrid y su crecimiento, las respuestas evidencian un estado de opinión dominante bastante asentado. Finalmente, la Oficina Técnica se hizo cargo del desarrollo del plan aprovechando en la medida de los posible las orientaciones del concurso, en especial las contenidas en el proyecto Zuazo Jansen, virtual ganador. 
 
Sin embargo, la crisis económica impidió de hecho la realización arquitectónica del proyecto. Sólo en elementos aislados se pudo apreciar lo que el debate sobre la ciudad, articulado en el Plan, pudo suponer para su arquitectura. Las cuestiones tipológicas, ligadas al parcelario, difícilmente pudieron plantearse en términos radicales a falta de intervenciones de suficiente envergadura. Sólo la "Ley Salmón", al final ya del período, activó un sector adormecido hasta el comienzo de la Guerra. 
 
La Casa de las Flores (1930) quedó así como un caso bastante aislado entre actuaciones que no contaron con las condiciones apropiadas. La repercusión que sobre la enseñanza pudo tener el gran debate de los inicios de los años treinta quedó muy apagado por las circunstancias generales y por la permanencia de las viejas generaciones en la docencia. La influencia de Palacios y sus propuestas urbanas, más ligadas a la especulación formal de carácter expresivo que al análisis "científico" de la realidad, entroncaban social y académicamente de modo más "natural" con las mentalidades dominantes. Por ello, la ciudad articulada por una sucesión de hitos monumentales, como los propuestos por Palacios, es quizá la que de forma más completa resume las ambiciones centrales de una época en cuya etapa final se anuncia una nueva situación que sin embargo no llegó más que a vislumbrarse. MAB
 
Texto publicado por primera vez en el libro Madrid y sus arquitectos: 150 años de la Escuela de Madrid, editado por la Consejería de Patrimonio de la Comunidad Autónoma de Madrid, 1996
 
 
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